domingo, 18 de julio de 2010


El día que llegó Max a mi vida fue como si una brisa de aire fresco entrara por la ventana, o más bien por la puerta. No parecía perdido, ni siquiera asustado, más bien parecía feliz de llegar a mi casa. Corría por el pasillo, olfateaba todo lo que se iba encontrando por su camino, se chocaba con los muebles, caía y se volvía a levantar juguetón para volver a correr e investigar todo aquello que desconocía. Durante unas horas a mi novio y a mí nos volvió locos corriendo tras él por si se hacía daño o se metía en algún lugar donde luego no pudiese salir.
Recuerdo que eran las 3:00 de la mañana cuando agotado de correr, jugar, olfatear y mordisquear todo acabó rendido entre una de mis camisetas. Era tan bonito estar mirando su carita y tales mis nervios por la felicidad, la inmensa FELICIDAD por tenerlo en casa que casi había amanecido cuando mis ojos se cerraron y pude dormir soñando con MAX.